Consulta de Psicología Carmen Lidia García Huerta

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Problemas de relación 

Muchas veces tenemos conflictos con las personas de nuestro entorno más cercano -pareja, hijos, padres, amigos/as...- que parecen irresolubles y que pueden conducirnos a "tirar la toalla". En momentos así, el fuerte contenido emocional que acompaña a estas relaciones puede suponer una barrera que nos impide ver la situación con claridad y valorar alternativas. 

Problemas de relación

“Estamos todo el día tirantes y saltamos a la mínima, por tonterías... así no podemos estar”

“Soy muy insegura, tengo la sensación de que al final siempre hago lo que quieren los demás con tal de que todo el mundo esté bien”

“Al principio todo iba genial, nos reíamos un montón y siempre queríamos estar juntos, pero ahora no parecemos los mismos”

“Me gustaría que mi padre reconociera lo que valgo, que alguna vez me apoyara en las decisiones que tomo”

“Cuando mi chico quiere sexo, a mí no suele apetecerme y con frecuencia acabamos enfadados”

“Creo que mi hija y yo no nos entendemos. Trato de hacer lo mejor para ella pero lo único que consigo es que cada vez nos distanciemos más”

       

Sin embargo, muchas veces la incomprensión, los malentendidos, las “explosiones sin control”... provienen del propio bloqueo de las emociones. Creemos que, si expresamos a la otra persona cómo nos sentimos, estamos mostrándonos vulnerables, débiles, o bien entendemos que algunas emociones no deben ser expresadas, al considerarlas negativas o “impropias”. Por ejemplo, nuestra cultura lleva a los hombres a reprimir sus estados de tristeza o la expresión de la ternura, mientras que las mujeres limitan la manifestación de su ira. En otras ocasiones sencillamente no sabemos cómo mostrar lo que sentimos.

Para mejorar las relaciones con los demás, debemos dar espacio a las emociones, ya que proporcionan información sobre lo que nos sucede, y nos indican el camino a seguir. Por ejemplo, la tristeza es señal de una posible pérdida, mientras que la ira puede estar comunicándonos una necesidad insatisfecha.


Por otro lado, aceptar nuestras emociones nos ayudará a aceptarnos tal como somos, con nuestras “luces y sombras”, y ello ayudará a reducir la sensación de culpa, que genera frustración y resentimiento contra una/o misma/o, y también contra los/as demás.

La culpa puede provenir de muchas fuentes (presión del entorno, creencias erróneas, modelos de conducta, sucesos traumáticos...), pero es posible aprender a sustituirla por la responsabilidad, que se basa en asumir nuestros errores cuando los hemos cometido, pero también en avanzar más allá del remordimiento y generar acciones de reparación del daño y aprendizaje. La responsabilidad, al contrario que la culpa, elimina la ansiedad, promueve la acción, mejora la autoestima, desarrolla la autoconfianza, facilita un pensamiento más flexible, previene los estados depresivos y favorece las relaciones interpersonales.

Actuar con responsabilidad y eliminar la culpa es un compromiso de autocuidado y de no agresión hacia nuestra persona. Es más, para poder acercarnos a los/as demás, primero es necesario estar en paz consigo misma/o ya que, si no es así, podemos exigir a la persona que tenemos al lado que cubra esa cuota de bienestar que sólo podemos llenar desde dentro.

Por otra parte, es importante también resolver los conflictos que arrastramos desde el pasado con las primeras figuras de referencia (nuestros padres principalmente), para no caer en la repetición de dichos conflictos con nuevas relaciones afectivas que se produzcan a lo largo de la vida (pareja, hijos/as, amigas/os...). Por ejemplo, si me encuentro enfadada con mi padre porque de niña percibía que no me dedicaba mucho tiempo, sin darme cuenta puedo demandar a mi pareja una atención excesiva que acabe saturando la relación.

Cuando nos comprendemos y aceptamos en profundidad, estamos preparados/as para comprender y aceptar a los demás, lo que facilitará el diálogo y el mutuo entendimiento.

        

Una herramienta muy valiosa para fomentar este diálogo es la asertividad.

En ocasiones nos posicionamos en actitudes dominantes o, por el contrario, pasivas y sumisas, porque creemos que de esta manera resolveremos más rápido los problemas con los demás. Sin embargo, evitar el conflicto con otra persona a costa de nuestra autoestima sólo empeora el problema, mientras que imponernos sobre otra persona, por mucho que pensemos tener razón, igualmente sólo empeora el problema.

La asertividad es la capacidad de defender nuestros derechos, nuestras necesidades, nuestras opiniones, nuestros deseos... respetando al mismo tiempo los de las demás personas.

Aunque no lo resuelve todo, la asertividad abre puertas a una comunicación más efectiva y, además, favorece el bienestar interior, ya que no experimentaremos culpabilidad por haber tenido un comportamiento pasivo, o por el contrario agresivo.

     

Por último, podemos creer erróneamente que la pertenencia a una pareja, familia o grupo, (compañeros/as de trabajo, amistades, etc.), directamente nos posiciona en una jerarquía de poder, y que debemos participar en una lucha por dicho poder, o bien tolerar que se produzcan abusos sobre nuestra persona. Es necesario entender que una relación saludable debe promover actitudes de igualdad entre las personas que la conforman, ya que el respeto, la cooperación y el apoyo mutuo dentro de una pareja, familia o grupo, facilitan el desarrollo y crecimiento tanto a nivel individual como grupal.

 

En la psicoterapia, trabajaremos el reconocimiento y aceptación de las emociones, abordaremos la resolución de los conflictos que están afectando a nuestras relaciones, y cambiaremos nuestra forma de comunicarnos para lograr un bienestar profundo y duradero, sintiéndonos capaces de afrontar y manejar los problemas que surjan en nuestro día a día.