Consulta de Psicología Carmen Lidia García Huerta

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Duelo

Cuando perdemos a un ser querido, es normal que durante un tiempo experimentemos emociones como tristeza, rabia, dolor... Sin embargo, en ocasiones un duelo puede "enquistarse" e impedir que podamos adaptarnos a un mundo en el que la persona fallecida ya no está.  

Duelo

“Lo primero que me viene a la cabeza nada más despertarme es su imagen. No puedo dejar de pensar en ella a lo largo de todo el día, y tampoco al acostarme... doy vueltas y más vueltas sin poder dormir”

 “La relación con mi padre era difícil, y ahora me siento culpable porque su muerte no me da pena. No sé si esto es normal... a veces pienso que soy mala persona”

“Desde que perdí a mi bebé no soy la misma, parece que estoy desconectada del mundo. La gente me dice que pase página, pero no sé cómo”

“Mi madre era mi apoyo para todo, me siento perdida sin ella”

“Me da miedo olvidarme de él... me parece que si no le recuerdo constantemente, acabaré perdiéndole del todo, pero esto está afectando a otros aspectos de mi vida”

      

Es necesario aclarar que muchas manifestaciones o reacciones de todo tipo son propias de un duelo natural y no forman parte de un trastorno psicológico, a pesar del malestar que podamos estar experimentando, siempre que tengan lugar dentro de un tiempo y una intensidad moderados. Worden(1) incluye las siguientes:

- Sentimientos como tristeza, enfado, culpa y autorreproche, ansiedad, soledad, fatiga (apatía, indiferencia), impotencia, shock, anhelo (melancolía), emancipación, alivio, insensibilidad.

- Sensaciones físicas, tales como vacío en el estómago, opresión en el pecho o en la garganta, hipersensibilidad al ruido, sensación de despersonalización o irrealidad, falta de aire, debilidad muscular y falta de energía, o sequedad de boca.

- Pensamientos de incredulidad, confusión, preocupación, sentido de presencia e ilusiones visuales y/o auditivas.

- Comportamientos o manifestaciones conductuales, como trastornos del sueño, alimentarios, dificultades para concentrarse, aislamiento social, sueños con la persona fallecida, evitación de recordatorios del ser querido, o bien buscarle y llamarle en voz alta, suspirar, hiperactividad, llorar, visitar lugares o llevar consigo objetos que recuerdan al/a la fallecido/a, atesorar objetos que le pertenecían.

      

¿Cuándo se convierte un duelo en patológico?

No existen recetas, plazos o características que determinen de manera absoluta lo que genera un duelo complicado o patológico, ya que cada vivencia es única, como es única la persona que la está experimentando. Sin embargo, sí podemos orientarnos por la duración y la intensidad, así como el nivel de interferencia que ese duelo esté ocasionando en nuestra vida. Siguiendo al mismo autor, encontramos duelos complicados con diferentes matices:

- Duelo crónico: Aquel que tiene una duración excesiva y nunca llega a una conclusión satisfactoria. Es el que habitualmente reconocemos con mayor facilidad, pues tenemos conciencia de lo que nos sucede.

- Duelo retrasado: También llamado inhibido, suprimido o pospuesto. La persona que lo sufre puede haber tenido una reacción emocional tras la pérdida, pero no fue suficiente o no se le permitió expresarla en su totalidad. En un momento posterior, frecuentemente tras una nueva pérdida pero de menor importancia (por ejemplo, la muerte de una mascota), aparece una reacción emocional que se percibe excesiva, fruto del anterior duelo que quedó sin resolver.

- Duelo exagerado: Un duelo normal puede intensificarse hasta tal punto que nos sentimos desbordados/as y aparecen entonces conductas desadaptativas, como adicciones o trastornos psicológicos de entidad clínica (depresión, ataques de ansiedad, fobias, estrés postraumático...).

- Duelo enmascarado: Se produce cuando experimentamos síntomas y conductas que nos causan dificultades pero no nos damos cuenta ni reconocemos que están relacionados con la pérdida. Esto sucede por ejemplo con las somatizaciones (expresiones mediante síntomas físicos del dolor o conflicto oculto) y también a través de conductas desadaptativas, como veíamos en el anterior punto.

       

Tanto si estamos atravesando un duelo natural o un duelo complicado, alcanzaremos su resolución afrontando determinadas tareas que únicamente nosotras/os mismas/os podemos hacer.

Tradicionalmente se ha entendido que un duelo está formado por fases o etapas que la persona debe “pasar”, como si se tratara de una gripe, lo que resulta bastante pasivo y reduce nuestra sensación de control en lo que está ocurriendo.

Yo comparto la visión de que podemos ir enfrentando, a nuestro ritmo, apoyándonos en las personas de nuestro entorno cuando es posible, y acudiendo a una ayuda profesional si es necesario, una serie de tareas que nos irán aproximando al final del duelo. Aunque aquí te las presento numeradas, no deben seguir obligatoriamente este orden, pues cada proceso de duelo es diferente:

    

1. Aceptar la realidad de la pérdida.

Aunque esta tarea parece obvia, pues lo que ha causado el dolor es precisamente la desaparición de la persona, no siempre nos hacemos totalmente a la idea, y una parte de nuestra mente puede estar resistiéndose a asimilar lo sucedido, lo que provocará un bloqueo del duelo.

   

2. Trabajar las emociones y el dolor de la pérdida.

No es fácil asumir todas las emociones y sentimientos que nos genera la muerte de una persona cercana. Nuestra sociedad legitima algunos de ellos con más facilidad (pena, apatía), pero otros son ignorados e incluso rechazados (como la ira o la culpa), lo que puede limitar nuestra expresión emocional y, por tanto, afectar al proceso natural del dolor.

   

3. Adaptarnos a un mundo en el que la persona fallecida está ausente.

Además de enfrentarnos a los sentimientos, tendremos que adaptarnos a la nueva situación tanto en lo cotidiano, como en los cambios que se producen en la imagen que tenemos de nosotros/as mismos/as (por ejemplo, podemos vernos en inferioridad al haber perdido roles que antes formaban parte de nuestra identidad, como puede ser el de “mujer casada”) y también en cuanto a la reestructuración de nuestras creencias, valores y presuposiciones sobre el mundo.

   

4. Recolocar emocionalmente a la persona fallecida y continuar viviendo.

Uno de los miedos más profundos que dificultan el avance en el duelo es a olvidar a nuestro ser querido, lo que puede llevarnos a aferrar obsesivamente su recuerdo. Mediante el afrontamiento de esta tarea, encontraremos un lugar para esta persona en nuestra memoria y en nuestros vínculos que, al mismo tiempo, no nos impedirá seguir disfrutando de las personas que nos rodean y de nuestra propia vida.

     

A veces es complicado afrontar estas tareas en solitario, por lo que si estás atravesando el dolor de haber perdido a un ser querido y te sientes desbordada/o, te parece que tu vida ha perdido sentido y no sabes cómo seguir adelante, te ofrezco mi acompañamiento profesional para avanzar en este proceso de duelo y recuperar el impulso y sentido de tu vida.



(1) Worden, J. W. (2004 de la edición en castellano). El tratamiento del duelo: asesoramiento psicológico y terapia. Barcelona: Ediciones Paidós Ibérica, S. A.