Consulta de Psicología Carmen Lidia García Huerta

Cita previa: 685 69 80 63

Baja autoestima 

Baja autoestima

La opinión que tenemos acerca de nuestra persona es un eje fundamental del bienestar psicológico.

Una falta de autoconfianza, de convicción en nuestros derechos, deseos y necesidades, y de aprecio por nosotros/as mismos/as en general, conlleva que nos relacionemos con los/as demás con inseguridad y que nuestro estado de ánimo se vea afectado, lo que a veces desencadena un “efecto dominó” que acaba interfiriendo en todas las esferas de nuestra vida. 

Una baja autoestima puede manifestarse de muchas maneras, pero no todas ellas son fáciles de detectar. Aquí tienes algunos ejemplos de cómo se refleja en comentarios cotidianos que pueden resultarnos aparentemente inofensivos:

 

“He vuelto a dejarme el móvil en casa de mi madre, qué tonta, de verdad...”

“Nunca conseguiré sacarme el carné de conducir, soy demasiado nervioso”.

“Es mejor que le den ese puesto a Miguel. Es verdad que estamos igual de cualificados, pero seguro que él maneja mejor esa responsabilidad”.

“Cuando eres madre tienes que dárselo todo a tu familia, no queda tiempo para ti”.

“Al final no hablé en la reunión porque mi idea era una tontería”.

“¿Cómo iba a fijarse en mí? No tengo nada que ofrecerle”.

       

Estos comentarios son la punta del iceberg de todo el volumen de pensamientos incorrectos que pueden pasar por nuestra mente a lo largo del día. Estos pensamientos responden a unas creencias erróneas y negativas que sostienen nuestra baja autoestima y que se encuentran en un nivel más profundo de nuestra conciencia, por lo que nos resulta más difícil percibirlas y, por tanto, contrastarlas y cambiarlas. Los motivos por los que se generaron estas creencias son diferentes para cada persona:

- vínculos de apego inadecuados con nuestras primeras figuras de referencia (como un entorno familiar demasiado exigente y poco reforzador);

- experiencias negativas que afectaron a nuestra imagen (una ruptura sentimental, por ejemplo);

- la percepción de que no estamos bien ajustados a la sociedad (como puede suceder durante una situación de desempleo);

- la presencia de estereotipos que funcionan como “un listón inalcanzable” (por ejemplo, respecto a los actuales cánones de belleza);

- eventos traumáticos que ocasionaron graves daños psicológicos (al haber sufrido un maltrato, por ejemplo)...


Pero en todos los casos estas creencias erróneas han acabado convirtiéndose en una forma de pensar automatizada, retroalimentando la visión sesgada que tenemos de nuestra persona. Los sesgos pueden ser muy diversos, afectando a diferentes áreas de la autoestima. Estas áreas se resumirían en: 

- Autoimagen o autoconcepto. Hace referencia a la representación mental que tenemos de nosotras/os mismas/os en todos aquellos órdenes y roles que están presentes en nuestra vida, así como la valoración –positiva o negativa– que hacemos de esta representación: imagen corporal, personalidad, percepción moral (si nos consideramos buenas o malas personas en general), rol de pareja, rol de madre/padre, rol profesional, rol de amigo/a... Cuando el autoconcepto está dañado, podemos crearnos egos o fachadas artificiales que nos protegen del malestar interno, pero que a la larga acaban ocasionando más conflictos (como sucede al comportarnos con autosuficiencia y de manera dominante); o por el contrario, podemos entrar en estados depresivos o dominados por la ansiedad, al faltar los anclajes imprescindibles de nuestro yo.

- Autoaceptación. En parte, este área de la autoestima viene determinada por la anterior. Cuanto más positiva es nuestra autoimagen, con más indulgencia contemplamos nuestros fallos y defectos, y también nos consideramos más dignos o dignas de la aprobación y amor de las personas, incluido el nuestro propio. Sin embargo, tengamos un autoconcepto más o menos positivo, la autoaceptación se basa en la siguiente idea: me acepto y me quiero como soy, con mis luces y mis sombras. Cuando no nos aceptamos tal y como somos, caemos en una fuerte autoexigencia, haciéndonos constantes reproches y recriminaciones con la esperanza de mejorar aquellos aspectos que no nos gustan de nuestra persona, pero que a largo plazo nos llevan a un círculo vicioso, ya que hunden más todavía nuestra autoestima.

- Autoconfianza. Finalmente, si nuestra autoimagen es frágil y no aceptamos nuestros fallos, el miedo a equivocarnos será tan grande que obstaculizará cualquier toma de decisión, por pequeña que sea. Buscaremos constantemente la opinión de los demás, o bien tendremos en cuenta cualquier criterio por encima del nuestro, ya que nuestras propias opiniones e intuiciones no nos generan confianza. Inicialmente esta actitud puede parecernos útil, ya que no asumimos demasiados riesgos, y además nuestras decisiones se encuentran en sintonía con los deseos o necesidades de personas de nuestro entorno, pero con el tiempo podemos experimentar frustración y resentimiento, ya que culparemos a los demás por las cosas que nos salgan mal (así como nos culparemos a nosotras/os mismas/os) y por otro lado no percibiremos los éxitos como propios, sino que se deberán a algún buen consejo que nos dieron.

    

Para mejorar la autoestima, en las sesiones de psicoterapia nos apoyamos en la asertividad, una de las herramientas fundamentales para alcanzar el bienestar psicológico. Cuando nos comunicamos de manera asertiva, defendemos nuestras necesidades, deseos, derechos, opiniones, etc., respetando al mismo tiempo los de los demás. Esta herramienta nos aleja de comportamientos sumisos que crean una sensación de insatisfacción, impotencia o rencor, así como de actitudes agresivas que suelen aumentar los conflictos a largo plazo y generan un intenso sentimiento de culpa.

Trabajar desde la asertividad, junto con otras técnicas, nos facilitará llevar a cabo los cambios necesarios para conseguir una relación más positiva con nosotros/as mismos/as y con las demás personas. Mientras, daremos espacio y tiempo a avanzar en la comprensión de aquellos factores que originaron el problema con el objetivo de alcanzar una resolución profunda de los conflictos, prevenir una recaída de nuestra autoestima, y desarrollar así todo nuestro potencial.