Consulta de Psicología Carmen Lidia García Huerta

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Acoso

Acoso

El acoso puede darse en muchas formas -laboral, escolar, sexual- pero todas ellas tienen en común una figura de poder que se aprovecha de ello ilegítimamente, y una víctima que ha sido culpabilizada y aislada.

“Todo comenzó porque me quejé de que no nos pagaran las horas extras... ahora siento que van a por mí, que me están machacando para que me marche”

“Me siento solo, soy el marginado de la clase. Están pendientes de todo lo que hago para burlarse de mí, y a la salida siempre me esperan para seguir riéndose a mi costa”

 “Me despierto con una sensación de agobio, a veces no puedo ni desayunar al pensar que tengo que ir a trabajar”

 “No quiero ir al instituto. Desde que mi ex publicó las fotos, la gente me señala y hasta mis amigas se han alejado de mí...”

“Necesito el trabajo, pero no sé cuánto tiempo podré seguir soportando sus miraditas, los comentarios obscenos, la manera que tiene de ponerme la mano en el hombro”

“Creo que si fuera más fuerte no estaría pasando esto, pero cada vez me encuentro peor”

 

Cuando sufrimos algún tipo de acoso, lo primero que hay que comprender es que no es nuestra culpa, independientemente de las decisiones o acciones que hayamos llevado a cabo en relación a la situación.

Aunque es algo de lo que no suele hablarse, nuestra sociedad legitima el uso de la violencia como estrategia para alcanzar determinados fines. Es decir, la propia cultura que nos rodea es violenta, y esto se traduce en que determinados individuos o grupos utilizan la violencia física, psicológica, económica o sexual para lograr uno o varios de los siguientes objetivos:

- Conseguir o mantener una situación de poder a nivel individual (por ejemplo, un/a compañero/a de trabajo que pretende ascender perjudicando al resto).

- Perpetuar la dominación de un grupo humano sobre otro, apoyándose en argumentos racistas, machistas, homófobos...

- Obtener un beneficio económico (como un/a jefe/a que empieza a hacer mobbing a un/a trabajador/a para que se marche y así no tener que hacerle un contrato indefinido).

- Mostrar una imagen aparentemente fuerte y segura, que en realidad trata de encubrir una personalidad débil, llena de carencias.

- Generar una cohesión de grupo utilizando para ello un “adversario común”. Esto sucede tanto a pequeña como a gran escala: un grupo de estudiantes que acosa a una compañera, o un país que declara una guerra contra otro en un momento de crisis social interna.

               

Independientemente de los objetivos que estén persiguiendo las personas que ejercen el acoso, todas ellas se valen en último extremo de tres grandes armas: el miedo, la vergüenza y el aislamiento. Estos sentimientos paralizan a la víctima y le impiden visualizar soluciones alternativas que permitirían salir de la situación, como pedir ayuda, pues además tienen un fuerte componente social. Como decíamos más arriba, nuestra sociedad tiene tendencia a respaldar los actos de violencia, bien directa o indirectamente (recordemos el caso del juez italiano que absolvió a un violador porque la víctima llevaba vaqueros ajustados y opinó que necesariamente ella habría colaborado en desnudarse), por lo que habitualmente parece que las personas que acosan o maltratan tienen alguna “razón” para hacerlo (por ejemplo, un jefe que critica y ridiculiza constantemente a un trabajador ante los demás, aduciendo que es “un vago y no se puede hacer carrera de él”). Esta aparente justificación hunde a quien sufre acoso o maltrato en un pozo de culpa y vergüenza. Por otro lado, no hay que olvidar que muchas veces el miedo tiene una base real, es decir, la persona que acosa puede llevar a cabo sus amenazas dado que suele ser alguien con poder sobre algún ámbito importante de nuestras vidas.

 

Un aspecto a tener en cuenta del acoso es que, en muchas ocasiones, se va gestando progresivamente como una escalada muy sutil que dificulta que nos demos cuenta de lo que está sucediendo hasta que nos sentimos totalmente acorralados/as. Por ejemplo, al principio puede tratarse de comentarios aparentemente inocuos y fáciles de restar importancia y justificar; o bien podemos ir recibiendo una paulatina sobrecarga de tareas por parte de nuestro/a jefe/a, pero entendemos que es un “pico” de trabajo puntual...; o pensamos que nuestro monitor de clase es muy cariñoso y por eso “tiene las manos un poco largas”...

Sin embargo, esta escalada es muy dañina pues, imperceptiblemente, va minando nuestra autoestima y va conduciéndonos a un círculo de ansiedad y depresión. Sin saber por qué, poco a poco nos sentiremos más inseguras/os, y la imagen que tenemos de nuestra persona se debilitará ante aquellos que ejercen el acoso, lo que a su vez les hará sentirse más fuertes y con más derecho a continuar y aumentar su comportamiento acosador. Finalmente el miedo, la vergüenza y el aislamiento se unen a un estado psicológico deteriorado, lo que dificultará enormemente la resolución del problema.

   

Por tanto, para desmontar toda esta situación es conveniente acudir a un entorno de seguridad y confidencialidad, como es la consulta de Psicología, donde podremos explorar lo que estamos viviendo, desarrollar nuestros propios recursos y utilizarlos para afrontar el acoso al que nos vemos sometidos/as. Encontraremos así soluciones verdaderamente eficaces que también ayudarán al proceso de recuperación de los daños psicológicos que hayamos podido sufrir.